
Entrar en cualquiera de estos reductos franceses de la capital española es como si te trasladases al corazón de uno de los barrios alternativos de París, como Le Marais o Montmartre. Aun sin contar con la larga trayectoria de otros franceses, como el legendario Viejo León o El Comité, ni los platos ni el ambiente al que consiguen trasladarte, tienen nada que envidiarles a estos. Y desde luego el precio (alrededor de los 35 euros), es mucho más agradecido.
Se trata de dos locales en la calle Ponzano y en la plaza de Matute respectivamente, y uno nuevo (esperemos que no se convierta en cadena) en Príncipe de Vergara arriba, proyectados y regentados desde 2003 por Carlos Campillo y su mujer Frédérique Sávèque. Lo mejor es que siempre se han ceñido a los platos más tradicionales a pesar de que van cambiando la carta, y además la decoración, sin estridencias y enteramente traída de Francia.
Cualquier plato que os pidáis será un acierto, corroborado por la gran cantidad de franceses que continuamente acuden al Petit Bistrot en busca de los sabores de su tierra. El foie-gras lo hacen magnífico, con gelatina de champagne y totalmente hecho allí. También platos como la famosa cazuela de caracoles de Borgoña, el sabroso confit de pato, solomillo de buey a la bearnesa o un steak tartar en su punto justo. De postre, tarta tatin o fondant de chocolate. Además para cambiar un poco cuentan con una carta de vinos franceses muy buenos, el de la casa sin ir más lejos y a falta de conocimiento de caldos extranjeros, es muy agradable.
Cuenta también con un brunch los domingos por 17 euros, muy bien surtido. Entre semana tienes además un menú para almorzar a partir de 13 euros más o menos. O por 9 la típica opción francesa de un plato, bebida y postre.
Los camareros son encantadores y casi todos franceses, pero las mesas sin mantel, las servilletas de papel y un poco de calor en el ambiente. Importante reservar, se llena.





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