
Ver y ser visto. Esa fue la máxima que en los años 70 inspiró a Leopoldo Pomés, hábil empresario hostelero catalán, que supo materializar el deseo de alternar en sociedad que se respiraba en la Barcelona del destape.
Desde ejecutivos procedentes del multi-empresarial edificio Victoria, a familias del selecto distrito de Salamanca y gente guapa en general, Flash Flash Tortillería ha sabido situarse en el lugar exacto para atraer al público adecuado. Enclavado en el bajo donde antiguamente estaba Guisando, justo a espaldas del Starbucks de Ortega y Gasset, el local ha sido restaurado a la imagen y semejanza de su hermano mayor barcelonés: todo al blanco, las paredes están decoradas con divertidas poses en de una modelo que bombardea con flashes a todos los comensales, pintadas en color negro.
La oferta gastronómica la copa casi al 100% los más de 70 tipos de tortillas, especialidad de la casa. Entre otras: de butifarra negra, de bacon, mallorquina (cebolla y sobrasada), de queso o la tradicional ‘a la francesa’. Otras más originales son la de judías con salsa de tomate, la del excursionista (patatas y butifarra blanca), de vegetarianos (puré de verduras y queso) o de mariscos (mejillones, gambas y almejas). La otra gran opción son las hamburguesas, como la Monty: grande y jugosa, con cebolla caramelizada, la sirven con una gran ración de patatas fritas caseras, y acompañada de un comboy de mostazas. Además, platos fuertes como la chuleta de ternera a las hierbas a la parrilla o la broqueta de cordero con arroz blanco. Los postres menos sorprendentes, helados, tartas, macedonias…y, cómo no, tortillas dulces.
El plus del local es la larga y depurada barra, donde esperar tomando un cóctel, o donde acabar tomando una copa.
Es esta veterana tortillería, el lugar perfecto para capear la crisis sin dejar de rodearse de la gente chic que circunda el corazón de la milla de oro madrileña.





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